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c u b a e n c u e n t r o . c o m
Encuentro en la red - Diario independiente de asuntos cubanos
Martes, 17 de mayo de 2005

Sociedad

La Asamblea del vergel
El 20 de mayo en La Habana: Desde los mambises hasta la oposición
anticastrista, los mangales, potreros y descampados han sido los únicos
espacios para frenar la intolerancia.

por WILLIAM NAVARRETE, París


Durante más de cuatro décadas el gobierno cubano ha tratado de minimizar la importancia de la fecha cumbre de la historia de Cuba: el 20 de mayo,  día de la instauración de la República. Para ello, el discurso de la propaganda oficial ha recurrido a los términos "seudo-república", "república mediatizada", "neocolonia", entre otros, para restarle importancia al esfuerzo de más de un siglo (desde 1868) de los cubanos para liberar primero, y democratizar después, a la Isla.

Líderes opositores Martha Beatriz Roque y Julio Reyes muestran el sitio que servirá de sede al Congreso del 20 de mayo.

El efecto corrosivo de la campaña propagandística del régimen ha cobrado, sin dudas, un alto precio: no sólo las nuevas generaciones cubanas ignoran la significación de esta fecha, sino que muchos cubanos utilizan, inconscientemente (incluso en los medios intelectuales), los términos de "república mediatizada" o "seudo-república" acuñados por el régimen.

Sin embargo, el 20 de mayo, como el Ave Fénix, renace como fecha simbólica para los demócratas cubanos de dentro y fuera de la Isla, desde que la oposición interna al régimen ha logrado, a partir de la pasada década, cobrar cuerpo y aunar fuerzas. De ello constituyen muy buenos ejemplos las múltiples actividades que se desarrollaron en 2002 con motivo del centenario de la instauración de la República, y ahora, 103 años después de la magna fecha, la Asamblea para Promover la Sociedad Civil en Cuba, que se celebrará —si la feroz represión del régimen no cobra un alto tributo— dentro de tres días.

Ahora bien, en una sociedad democrática (incluso, en una medianamente totalitaria) este tipo de acto cívico encuentra, si no las infraestructuras idóneas, al menos, las condiciones mínimas para que se pueda llevar a cabo sin mayores contratiempos. En una sociedad de totalitarismo absoluto, como la cubana, las condiciones mínimas son inexistentes.

Las condiciones mínimas de las que hablo no son más que un local medianamente adecuado para el encuentro, un sistema de comunicaciones que garantice el contacto entre organizadores y participantes, el acceso a un medio de comunicación que permita informar a la ciudadanía acerca del evento y algún medio de transporte que permita acceder al lugar designado.

Desde el inicio mismo del proyecto, me pregunté (dejando a un lado la quimérica posibilidad de que el Estado cubano permitiese dicho encuentro) cómo harían los organizadores de la Asamblea para superar las limitaciones de infraestructuras que como una telaraña perfecta y maquiavélica impiden, desde la concepción misma de la vida sociopolítica  cubana, cualquier iniciativa de foro cívico dentro de la Isla.

El comité organizador de la Asamblea reveló recientemente la geografía exacta del encuentro. Martha Beatriz Roque Cabello, René Gómez Manzano y Félix Bonne Carcassés, el núcleo directivo de la reunión, declararon que  la misma tendría lugar en el patio de la residencia de este último, sita  en la avenida 261, No. 15222, del reparto Río Verde, en el municipio Rancho Boyeros, muy en las afueras de La Habana. O sea, el acto cívico más importante (por lo emblemático, por el desafío sin par que constituye y el sentimiento democrático que lo inspira) de las últimas cuatro décadas de totalitarismo, va a efectuarse (o se ha anunciado que se efectuará), en buen cubano, debajo de la mata de mangos.

A potrero raso

¿Cómo explicar a un francés —atónito ante la elección del sitio, distante y a la intemperie—, que en Cuba todas las salas de espectáculos, todos las sedes de las instituciones, absolutamente todos los centros de formación y estudios, las salas de conferencias, las galerías, los espacios públicos sociales, los clubes asociativos y un largo etcétera, son propiedad exclusiva del Estado?

¿Cómo explicar que incluso los locales de la Iglesia, logias masónicas y otros lugares de culto se encuentran bajo el control del Estado y dependen para su funcionamiento del carácter de las relaciones que mantengan con él? ¿Y que hasta las pocas fundaciones y asociaciones extranjeras no gubernamentales establecidas en la Isla, permanecen  abiertas hasta tanto no se conviertan en tribuna de confrontación política (por insignificante que sea) con respecto al poder?

Pues bien, habrá que remontarse a las gestas emancipadoras cubanas
contra el poder español para encontrar un paralelo que explique esta
situación sui géneris, probablemente œnica en el hemisferio occidental.

Así nacieron los primeros gritos liberadores de la Isla. El 10 de octubre de 1868, en el batey de La Demajagua, Carlos Manuel de Céspedes dio lectura, al aire libre, del manifiesto que significaría la Declaración de la Independencia de Cuba. Para la historiografía cubana, el grito precipitado de Céspedes había desplazado de la dirección del movimiento insurgente a Francisco Vicente Aguilera. Sin embargo, nadie duda que Céspedes tenía tantos méritos de lucha como Aguilera y que su  actitud denotaba, más que oportunismo para situarse al frente del movimiento, cansancio ante la indecisión de los otros líderes e inminente necesidad de no continuar prolongando la causa de la independencia.

Al grito de Céspedes siguieron las intentonas rebeldes en Camagüey y el alzamiento de Las Villas. También este último se produjo al aire libre, en el Cafetal González de una finca de Manicaragua, liderado por el literato Miguel Jerónimo Gutiérrez, el hacendado Joaquín Morales y Carlos Roloff (polaco).

Un año después, en abril de 1869, el movimiento insurreccional había cobrado fuerzas en toda la región oriental y central de la Isla. La necesidad de ofrecerle una estructura jurídica a la incipiente República (en Armas) condujo a la Asamblea Constituyente de Guáimaro, realizada a campo raso, en las inmediaciones de este poblado, con el objetivo de constituir la primera Cámara de Representantes cubana que contuviera la pretensión dictatorial de cualquier caudillo militar.

De ella salió electo como presidente el marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt, y se declaró la bandera de Narciso López como la enseña nacional. Cabe precisar que el antagonismo rival entre Céspedes e Ignacio Agramonte, más que el acoso peninsular, estuvo a punto de hacer abortar la primera Constituyente cubana.

No estaban exentos los cubanos del exilio de similares antagonismos. En
Estados Unidos, país donde vivía el grueso de la emigración política de
la Isla, dos bandos opuestos: los aldamistas y los quesadistas, se
querellaban más entre ellos que contra España. Quienes seguían al
millonario Miguel Aldama (agente general de la República en el exilio)
y
los adeptos de Quesada (agente confidencial en el exterior nombrado por
Céspedes) impedían, con sus rivalidades, la organización eficaz del
servicio de aprovisionamiento material y las expediciones, únicos
medios
de avivar la causa en un país bajo control monopolizador de la Corona.

Entre tanto, el gobierno español, consciente del peligro, creaba en torno al Casino Español de La Habana un verdadero ejército civil privado  al que llamaron eufemísticamente Cuerpo de Voluntarios, dispuesto a intervenir "espontáneamente" para salvaguardar sus intereses amenazados.
Y las naciones europeas, temerosas de que Estados Unidos ocupara la plaza vacante de España, y demasiado ocupadas en su expansión africana y  el poderío amenazador de Prusia, se desentendieron de la causa cubana, llegando incluso a solidarizarse con la metropolitana.

La tradición del mangal

Al final de la primera guerra, por los factores antes mencionados y otros que no pueden formar parte de estas notas, el movimiento insurgente cubano estaba casi asfixiado.

En 1875, en Lagunas de Varona (otro descampado), ante el descontento que la jerarquía directiva del conflicto generaba entre líderes civiles y otros de menos visibilidad, se lanza allí un Manifiesto que reforma el gobierno de la República en Armas, ocupado por Cisneros Betancourt a la espera de que Vicente Aguilera regresara de Estados Unidos, donde las discordias entre exilados le impedían volver de una vez a Cuba.

Al final del conflicto, nadie acataba ya las órdenes de nadie. Los tuneros sólo respondían a su líder: Vicente García; los orientales y camagüeyanos no habían superado nunca sus rencillas regionales, e incluso, los holguineros, liderados por Calixto García, fundaron por su cuenta el Cantón Libre de Holguín. La anarquía y el desorden resultaron,  junto a los españoles, los vencedores en este conflicto.

Al Pacto del Zanjón (1878), armisticio entre cubanos y peninsulares, se opuso la voz enérgica de Antonio Maceo y sus seguidores con la declaración de un gobierno provisional que continuara la guerra,  conocido como "Protesta de Mangos de Baraguá". Al pie de un mangal, en un desesperado intento de no ceder ante el debilitamiento de la insurrección, Maceo se convirtió, no por mucho tiempo, en la última esperanza de emancipación.

Un siglo y medio después

De más está ahondar en los paralelos. Si los evoco de forma accidental es porque cada intentona cubana de liberación se produjo en condiciones extremas, à la belle étoile, bajo las mismas limitaciones de comunicación y en medio del recelo y la desconfianza de unos y otros.

En similares condiciones lanzaron sus proclamas e iniciaron las revueltas los insurgentes de la segunda guerra de independencia cubana, quince años después. El Grito de Baire, lanzado por Saturnino Lora el 24 de febrero de 1894, no fue un grito œnico, sino que bajo este nombre se hallan también, separados por escasas horas, el de Guillermo Moncada en el término de Alto Songo, el de Quintín Banderas en San Luis y el de Periquito Pérez en Guantánamo.

Todos al aire libre y bajo el "correveidile" como único medio para alertar y sumar a la población a favor de la causa. Incluso, las dos Constituciones de la segunda guerra (la de Jimaguayú y la de La Yaya) circularon clandestinamente de mano en mano, y libremente en el exilio, como sucederá también con el informe final de la Asamblea del 20 de mayo de 2005, más de un siglo después.

Tanta coincidencia no puede menos que exasperar, sobre todo si se considera que un siglo después el mundo avanza cada vez más hacia formas más justas de pluralismo. Los cubanos tal parece que hemos quedado relegados, en el siglo XXI, al modus operandi de la manigua del XIX como única vía posible (ante la intolerancia del régimen castrista y la tolerancia mundial hacia él) para soñar y hacer una Cuba mejor.

Por eso, evocamos esta Asamblea pensando que el patio del ingeniero Bonne Carcassés, en la barriada de Río Verde, es el mangal de Baraguá, el potrero de Jimaguayú, el descampado de Lagunas de Varona y todos aquellos lugares de geografía invisible que la historia de su noble causa ha hecho definitivamente grandes. Lo evocamos bajo el verdor significativo de un vergel, porque los vergeles son, más que patios, potreros, mangales y descampados, los jardines de todos los ensueños: el  remanso aquilatado de la paz.


URL
http://www.cubaencuentro.com/sociedad/20050517/
a36a8f11493a9e0eaa72e364d99f4fdd.html

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